Miércoles, 2 de julio, Etapa 6ª: Amenal - Santiago de Compostela (17 km)
Peregrinar para renovarse.
La última etapa nos lleva hasta Santiago de Compostela, pero antes, al pasar por Labacolla, la tradición antigua nos recuerda algo profundo: los peregrinos se lavaban en sus aguas frías para purificarse antes de presentarse ante el Apóstol. No era solo un baño exterior, sino una señal de renovación interior. Llegar limpios por fuera y por dentro.
Caminar a Santiago siempre ha sido símbolo de conversión. Peregrina quien desea un cambio verdadero en su vida. Quien siente que necesita reordenar su rumbo. Como los antiguos caminantes medievales que hacían el Camino como penitencia, deseando empezar de nuevo desde lo esencial, desde lo que da vida. Como Ignacio en Manresa, que sin recorrer físicamente estos senderos, hizo el gran viaje interior hacia Dios, hacia su verdadera alegría.
“El que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,25).
Porque al dejar atrás lo viejo, lo caduco, lo que nos pesa… encontramos lo auténtico.
El Camino nos transforma. El silencio, el esfuerzo, los encuentros, la oración, la convivencia, las dificultades… todo ha ido produciendo en nosotros un cambio de mirada. Hoy no somos los mismos que partimos hace seis días. Hemos crecido. Hemos sido tocados. Nos sentimos nuevos.
Ser peregrino no se queda en los kilómetros andados. Es un modo de vivir: discernir qué pasos dar, qué elegir, qué dejar atrás. ¿Qué quiero conservar? ¿Qué necesito soltar? ¿Qué me hace verdaderamente feliz?
El lema de este año, “Ven, sígueme. Con Jesús hacia las fronteras del mundo”, cobra pleno sentido aquí: en la plaza del Obradoiro, donde termina el camino físico… y comienza el verdadero camino de la vida. Un camino que no se recorre solo, sino en comunidad, al estilo de Jesús.

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